El equipo perfecto

Por Fernando Madera

“…ningún jugador es tan bueno como todos juntos…”

                                                                                        Alfredo Di Stéfano

Ya está. Ganó el mejor equipo, no el mejor jugador. Argentina y Alemania presentaron en el Maracaná sus mejores armas y se batieron en un duelo larguísimo con un único gol y un único campeón. La batalla de estilos fue evidente, la Mannschaft apostando al sistema colectivo, la Albiceleste al talento individual: Lío vs Matrix.

Desde el comienzo del partido, Argentina tuvo sus chances, que desperdició sin atenuantes. Los teutones también estuvieron cerca, estrellando un balón en el palo de Romero que hizo vibrar el arco y paralizar corazones. No fue un partido sin errores, ambos perdonaron, hasta que alguien rió último en Rio. Goetze, el muchachito de los milagros, saltó del banco a la Historia con un golazo que marcó el broche de oro de la Copa Mundial. A 7’ minutos del final del alargue, decretó el 1-0 que valdría el título de Weltmeister.

Alemania jugó el partido de su vida, revalidando su manera de entender el fútbol con otra copa mas, la primera que un equipo europeo conquista en América y la cuarta en su vitrina. Este Bayern Munich versión Mannschaft venía trabajando bajo las órdenes de Joachim Loew hacía ya diez años, en un proyecto que conoció fracasos, pero que reflejó aprendizaje a largo plazo. El objetivo nunca cambió, el técnico tampoco. Enfrente tuvo a una selección argentina que probó dos DT en cinco años. Sabella preparó una copa contrarreloj, en corto plazo, también reflejando una idiosincrasia propia de nuestro país: la mejor materia prima, pero una organización mediocre (AFA). Nuestra apuesta fue a la magia, mientras la de Alemania fue a la realidad. Ellos no tienen a Messi, por lo tanto debían prevalecer en el juego asociado. ¡Y vaya si lo lograron! Impusieron el toque como forma de expresión, haciéndonos correr a la pesca de una oportunidad, que tuvimos, pero que nunca concretamos.

Alemania no tiró un caño, nadie intentó pasarse a tres rivales solo. No es un fútbol que hace gala de lujos, sino todo lo contrario. Es un estilo sobrio, sin firuletes, donde se destaca lo funcional por sobre lo ornamental. La única que se permitieron “fuera de libreto” fue el lateral ejecutado por el arquero Neuer en el alargue. Casi ni se vió por TV. Sutil, hiriente, silencioso: alemán. Nosotros, en cambio, vivimos para gozar en la cancha, donde no hay mejor forma de superar al rival que una buena gambeta. Al principio lo logramos, con carreras explosivas de Messi y Lavezzi. Pero no. A medida que avanzaba el encuentro, las explosiones se hicieron más esporádicas, hasta desaparecer del todo. Al mismo tiempo, Alemania crecía, marcando el ritmo con pases seguros, que inflaban su confianza y desesperaba a los jugadores de azul. El juego mental se hacía notar con el reloj, igual que las reservas físicas. La ingeniería alemana se guardaba un cambio más para definir la historia. El motor de la máquina tiene caja de sexta. Estaba en el banco, lista para acelerar.



Cuando el goleador absoluto de copas Miroslav Klose sale reemplazado por el pibe Goetze, corrían 88’ minutos. Era  apenas el segundo cambio alemán, que reguló fuerzas en la medida justa. Argentina ya no tenía resto. Venía de correr 120’ con Holanda y darlo todo, para tener que darlo todo una vez mas. Alemania venía tranquilo, después de pasear a Brasil en su propia casa 7 a 1. El objetivo de hacía diez años iba tomando forma. En el alargue, esa velocidad fue demasiado para la albiceleste, que vió como en una jugada perfecta se gestó el gol de la victoria final.

Nos queda saber que Argentina siempre da pelea y hace valer su camiseta. Que aunque tenga todo en contra, la calidad individual de sus jugadores hace la diferencia. Pero esta vez se enfrentó al mejor equipo del mundo. Sin dudas es el merecido campeón y hay que felicitarlo, porque debemos tener la humildad de aprender las lecciones futbolísticas de quien es mejor. En el fútbol, como en la vida, hay suerte, pero también hay trabajo y dedicación. La magia de Messi encontró su límite en la realidad colectiva de Alemania, que defendió tan eficazmente como atacó. ¡Que bien puesta estaba la cinta de capitán en Lahm! ¡Que equivocada en el brazo de Messi! Lahm se la ganó como líder y hoy es símbolo. Messi la llevaba simbólicamente sin ser líder. Gran diferencia: 1-0.

La desazón es grande porque acá sentimos el fútbol de otra manera. Lo relacionamos a todo, mientras los alemanes solo lo asocian a la alta competencia deportiva. Los hinchas del Mannschaft son de lo mas aburridos, alentando un fútbol donde tirar una gambeta es pecar de soberbia. Son efectivos, sí, pero carecen de la espontaneidad que caracteriza el fútbol sudamericano. Y prevalecieron. Felicitaciones campeón! Nos recordaste algo que jamás olvidaremos: Diego hay uno solo. Duele, lastima, pero esta copa, no es argentina.

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