Abracadabra!

Por Fernando Madera

 “…Leo tenía la pelota y él decide a quién dársela”.

                                                                                                 Ángel Di María
                                                                                  
Suiza. Messi. Y un Ave María para romper el reloj que ya anunciaba los penales. Nuevamente, Lionel Messi se cargó el equipo al hombro y sacó a relucir el simbolismo de su camiseta con una jugada maestra. Gambeta en velocidad y asistencia a Di María, para que éste defina de primera. Palo y a la bolsa. Ya no hay secretos: es Messi. Todos lo sabían, pero había que confirmarlo en un Mundial. Es el mejor. Y es argentino. Y salva las papas. Pero como los relojes más precisos son suizos, el rival no nos iba a dejar ir sin antes darnos un susto cronometrado: cabezazo, poste, rebote y afuera. Se pensó en el Papa y en la mujer de Romero. Pasamos a cuartos de final.

El rol heroico que Lionel Messi está teniendo en esta copa parece haber sido escrito por el Destino –con mayúscula-. Su aporte es tan absoluto que no admite reemplazo. No hay plan B. Solo queda intentar jugar mejor, aunque este esquema parece estar sellado hasta la gloria o la muerte. La cautela de Sabella es sólo interrumpida por los arranques mágicos de Messi, quien causa problemas al rival donde sea que esté, como hizo después de 118 minutos extenuantes donde ningún equipo se había anotado en el marcador. Apareció el enano y se agigantó, dejando un tendal de suizos en su loca carrera hacia la cima, una carrera en la que él marca el ritmo con espíritu de campeón. No acepta la derrota y cuando llegamos al límite, aparece cual superhéroe a decir: “Acá estoy” y resolver con simpleza un partido complejo.



El virtuosismo de Messi con la pelota es admirable desde todo punto de vista, especialmente si se está en la cancha con él. Tanto adversarios como compañeros observan lo que hace para luego reaccionar, generalmente a destiempo. Di María lo reveló al contar como fue el gol: “Leo decide y nosotros acompañamos”. La orden es dársela al #10. Suena tan fácil: hay que acompañar al genio. Parece obvio. Pero el rival existe y no está pintado. No se deja engañar como un niño. El planteo de “dásela y esperá a ver que hace” es ingenuo y subestima al contrario. La selección es un equipo, no un club de fans de Lío. Acompañar acompañamos todos con el corazón en la boca, pero los jugadores deben actuar como un equipo, con relevos, diagonales, creación de espacios y riesgo: la dinámica que nace de una pared. La cautela sirve para que no nos conviertan, pero abusar de ella suele tener el efecto contrario: lentitud, pérdida de balón y gol en contra.

Los grandes que pasaron de ronda han sido cautelosos también, salvaguardando su historia en el campo de juego. Algunos lo pagaron muy caro, otros, como nosotros, siguen, pero sufren. Ya no es más la copa de antaño, donde la superioridad de un equipo sobre otro se evidenciaba en goleadas excesivas. Hoy el fútbol se hiperprofesionalizó. Cada jugador es una máquina puesta a punto para rendir al máximo. Los físicos de los players son tan atléticos como los de un corredor de 100 metros llanos. Los clubes europeos pulen cada diamante en bruto que adquieren hasta hacerlo brillar en toda su intensidad. Así fue con Agüero, Lavezzi y Di María. “El gordito que la pisa”, ya no va más. Las lesiones son mas frecuentes. El desgaste también. Todos corren, meten y tienen técnica. Los rudimentos han sido sistematizados para que surjan en la cancha instintivamente. La realidad se parece cada vez mas al Playstation.



Y es aquí donde aparece Messi para recordarnos que el potrero es la madre de todas las ilusiones, la escuela del fútbol que no da cursos online ni admite faltas. Donde se forja el carácter a fuerza de poner fuerte y practicar. De morder el polvo.  De celebrar. Messi sigue jugando en ese potrero, solo que en el entorno de una Copa Mundial. Se divierte. Engaña. Y hace feliz a todo un planeta. Menos al que justo le toque ser rival. Escribe solo, en silencio, una historia para contar.

¿Podrá Colombia echar a Brasil de su propia casa con su fútbol-fiesta? ¿Doblegará Costa Rica con su toque-tico a una recia Holanda que ansía otra final? ¿Podrá Messi & Co. vencer a una Bélgica punzante y veloz? ¿Cómo se definirá el clásico europeo entre Francia y Alemania? Se viene un fin de semana del mejor fútbol, donde los sueños se rompen o siguen, anhelando la copa, esa que extiende la alegría por siempre jamás.

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